«Equipo, necesitamos nuevas ideas para resolver este problema. La innovación es una prioridad aquí».
Probablemente ya escuchaste (o dijiste) esto en una reunión de coordinación. Pero cuando alguien presenta un punto de vista diferente o señala un riesgo en el proyecto, recibe una mirada de desaprobación, una interrupción brusca o el clásico «eso no va a funcionar» antes siquiera de terminar su idea.
En las semanas siguientes, lo que predomina en la mesa es el silencio. Y el diagnóstico rápido del liderazgo suele ser pragmático: «mi equipo no tiene iniciativa, nadie se arriesga».¿Será así?El silencio rara vez se debe a la falta de creatividad o de interés. La mayoría de las veces, es una respuesta inteligente de autoprotección. Los seres humanos aprenden muy rápido cuál es el costo de exponerse. Si discrepar o equivocarse genera vergüenza o represalias, lo lógico es dar un paso atrás. Las personas empiezan a hablar menos, arriesgarse menos, ocultar errores y evitar tensiones.El impacto en las operaciones no tiene nada de abstracto. Es puramente financiero y analítico: la innovación se desploma porque las ideas dejan de circular; el retrabajo aumenta porque los problemas no se comunican a tiempo; y las decisiones empeoran porque la información real no llega a quienes deciden.Lo que sienten las personas cambia lo que pueden hacer. La emocionalidad del entorno abre o cierra posibilidades reales de acción.Antes de exigir iniciativa a tu equipo, vale la pena observar qué espacio ofrece tu sistema de trabajo cuando alguien decide decir lo que realmente piensa.



